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Bomberos iraquíes luchan contra los incendios del grupo EI

(Tomado de AFP)

Los bomberos aparecen, agotados, en medio de una espesa columna oscura de humo que emana de un pozo petrolífero incendiado por el Estado Islámico (EI) en el norte de Irak.

Algunos llevan un casco rojo, otros una máscara para protegerse de la humareda; todos descansan un momento y vuelven a los pozos, de donde emergen las llamas rojas y el humo negro.

Desde la mañana, ayudados por ingenieros petroleros y policías, los bomberos luchan contra los incendios de una decena de pozos petrolíferos en Qayara, una localidad en el desierto de Irak, a 60 kilómetros al sur de Mosul.

Los pozos arden desde el mes de agosto, cuando los yihadistas los incendiaron para frenar la ofensiva de las fuerzas armadas iraquíes contra Mosul.

Desde hace tres meses, interminables columnas de humo tapan el cielo, contaminan el aire y cubren de hollín el suelo de Qayara y alrededores.

En medio del ruido de las pompas que extraen agua de un inmenso tanque, los bomberos hacen señas de que no pueden hablar a los periodistas.

La lucha contra el fuego en los pozos es una tarea compleja y peligrosa.

“En primer lugar, la policía federal debe verificar que los yihadistas no hayan dejado minados los pozos”, cuenta Saleh Jodr Ahmad, un empleado del sitio.

Luego, los ‘soldados del fuego’ “colocan una manguera en el pozo para inyectar agua hasta apagar el incendio y después cubrirlo de tierra”, explica Ahmad.

La tarea puede llevar hasta un mes de trabajo, y por el momento sólo se han logrado apagar 2 de los 19 pozos incendiados.

“Estoy extenuado, mi cuerpo está destrozado”, dice Ahmad.

Los incendios de petróleo crudo “producen un amplio abanico de contaminantes, en particular hollín y gases que causan irritaciones de la piel y agotamiento”, sostiene el programa de medio ambiente de la ONU.

Cerca del sitio están estacionados una ambulancia y camiones de bomberos.

“Las ambulancias están ahí para intervenir en caso de sofocación o cualquier herida causada por explosiones”, señala Ismail Ali Mohamed, un oficial de policía encargado de la seguridad del lugar.

Uno de sus colegas murió el sábado pasado al pisar una mina enterrada por los yihadistas que los bomberos intentaban desactivar.

“He estado aquí durante 15 días, trabajando las 24 horas… Estamos envenenados por el humo”, agrega Mohamed, cuya familia vive en Mosul, en un barrio controlado por el grupo Estado Islámico.

“La situación es lamentable”, insiste.

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