Oye Multitud- Principios y Antivalores de la Nueva Etica Mundial

Dra. Claudia Hernandez.

Hacia dónde nos llevan las nuevas resoluciones  primero sobre la aprobación del aborto y ahora sobre la educación sexual de los menores, la ideología de género y luego sera la  propuesta del matrimonio igualitario. Nos llevan sin duda a la destrucción y aniquilación de la familia, la religión y del hombre mismo..

Cual es el interés superior del menor. No sólo es el pseudo derecho a la “preferencia sexual”, sino los verdaderos derechos como son: La custodia, la formación cultural, ética, moral y religiosa. Y en  especial, el derecho a la salud mental, que están garantizado por el art. 63  de la Constitución .- Derecho a la educación. Toda persona tiene derecho a una educación integral, de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades, sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación y aspiraciones. En consecuencia: 1) La educación tiene por objeto la formación integral del ser humano a lo largo de toda su vida y debe orientarse hacia el desarrollo de su potencial creativo y de sus valores éticos. Busca el acceso al conocimiento, a la ciencia, a la técnica y a los demás bienes y valores de la cultura; 2) La familia es responsable de la educación de sus integrantes y tiene derecho a escoger el tipo de educación de sus hijos menores;

Porque si la “preferencia sexual” es un pseudo derecho que conlleva todos los modos posibles de ejercer la genitalidad, según la preferencia subjetiva de cada quien, y estas según el APA son 23, hasta el año 2000 destacando: Homosexualidad, bisexualidad, transgenerismo, transexualismo, pedofilia, travestismo, fetichismo, voyeurismo, exhibicionismo, sadismo sexual, masoquismo. Entonces, la enseñanza de todas estas venenosas perversiones si son contrarias a un verdadero interés del menor, cual es la “salud mental” del menor, (en la actualidad ya se han contabilizado 63 perversiones sexuales)

La ideología de genero es  un ataque contra la salud mental del menor

con su  criterio ideologico  de “no discriminación” favorece a esos “grupos minoritarios” y supuestas “víctimas” por practicar estilos de vida “alternativos”, o sea, a verdaderos agentes de degradación dentro de la sociedad como son: drogadictos, travestis, homosexuales, prostitutas, lesbianas, etc., a quienes convierte en una clase privilegiada. Pero no en razón de sus méritos, derechos, cualidades o roles en la sociedad, sino por causa de sus desviaciones morales. Pero si atreve a discriminar al buen ciudadano común y los padres en su derecho a educar a sus hijos en la sexualidad. Se ve claramente como impera el poder y la dictadura de la ideología de género, misma que tiene como objetivo lograr una reingeniería social mediante la deconstrucción o sea deshaciendo los elementos que constituyen la estructura de los conceptos claros y universales marxista de la cultura y la destrucción de la familia.

Esta ideología, se sirve del poder coercitivo (represivo, o inhibitorio) de los gobiernos para imponer una ética subversiva contraria al interés de los ciudadanos. Siendo patrocinada por el poder político de los organismos internacionales y por los intereses financieros de la élite antinatalista ambientalista global.

La ideología de género es una corriente de pensamiento está compuesta, por una amalgama de filosofías y de intereses de poder.

Es un rompecabezas que se integra por tendencias tan dispares como el iluminismo, el postmodernismo, el psicologismo freudiano, el evolucionismo de Tylor, Morgan y Darwin (con todas las derivaciones de esa teoría: el progreso indefinido, el naturalismo anticreacionista, la selección natural…).

Así como, el existencialismo de Sartre, los exponentes de la Escuela de Frankfurt (Habermas, From, Heiderberg), pero sobre todo Jacques Derrida –padre del deconstruccionismo-, Antonio Gramsci –padre del marxismo cultural- y Friedrich Nietzsche –padre del nihilismo-.

La ideología de género es pujante pues está impulsada por los grandes organismos supranacionales, el Banco Mundial, la ONU con todas sus agencias especializadas, el Fondo Monetario Internacional, la OMS; por organizaciones mundialistas poderosas como el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral, el Council on Foreign Relations, el Club de Roma, Skull and Bones, el Grupo de los 300, Greenpeace.

También, está patrocinada por el poderoso lobby de control poblacional antinatalista y ecologista, y por financieros prominentes como George Soros (Open Society Foundations), Rockefeller (Rockefeller Foundation), Jay Coleman (Deutsche Bank), Ted Turner (Turner Foundation), Jeffrey Siminoff (Morgan Stanley), Bill Gates (Gates Foundation), entre otros, además de un sinfín de importantes transnacionales.

La implantación de la ideología de género no es el fin, sino el medio para facilitar el objetivo último que es operar una «reingeniería social» que pueda dar paso al «nuevo orden mundial», un orden centralizado, socialista y ateo.

Esta ideología implanta una «nueva ética» misma que debe ser universal, relativista, inmanente (que se opone a lo trascendente) y neo-pagana. Para ello es necesario lograr una sociedad homogeneizada y desarraigada de credos, principios y valores. Eso se alcanza diluyendo las conciencias y estandarizándolas bajo un pensamiento único materialista.

Por ello, las bases del «nuevo orden», ideado a finales del Siglo XIX, son ideológicamente subversivos. El nuevo orden debe ser ateo y anticristiano, más aún, específicamente anticatólico.

Ese objetivo lo inspiró la poderosa y satánica orden de los Iluminados. Escribe el masón John Robinson citando al propio fundador de la orden, Adam Weishaupt: «La meta específica de la Orden de los Iluminados es la de abolir el cristianismo y derrocar los gobiernos civiles».

La orden secreta, fue financiada por la poderosa familia Rothschild, se creó en 1776 con el propósito de llevar a cabo los planes de la alta francmasonería de crear un orden mundial socialista y ateo, introduciéndose en los círculos de poder de los gobiernos y de las finanzas.

Y admite que todas las leyes a favor del aborto, el divorcio, la eutanasia, la homosexualidad, fueron maduradas en las logias antes de ser discutidas por los diputados. En la masonería se considera que el hombre es el vértice del mundo, es quien merece adoración, por lo que la religión debe ser suprimida.

Friedrich Nietzsche había sentenciado «Dios ha muerto». Y si Dios ha muerto, también ha muerto la naturaleza creada por Él. No hay nada fuera de nosotros que sea objetivo, por lo cual todo está conformado por la voluntad de cada uno. Nada me determina, ni Dios –que no existe-, ni la naturaleza, que es evolutiva, yo decido quién soy y nada ni nadie puede decir lo que soy.

Simone de Beauvoir sentenció: «una mujer no nace, se hace», de donde el rol de la mujer como madre y esposa (y su misma naturaleza) no serían más que una construcción social. Y si la mujer se hace, el hombre también se hace a sí mismo. Es el marxismo llevado a un proceso de deconstrucción sexual: no existen sexos biológicos sino solo roles atribuidos por la sociedad, por lo cual es preciso hacer guerra contra la familia.

De Antonio Gramsci, filósofo fundador del partido comunista italiano, tomaron la idea de que la revolución marxista planetaria nunca se realizará mientras no se produzca un proceso dialéctico en la cultura, principal elemento a «deconstruir» y sustituir, al mismo tiempo que se le utiliza.

A Gramsci, Bernstein y Engels el bolchevismo ya no les importa, hay que mutar la naturaleza del hombre para «deconstruir» a la sociedad y conseguir la revolución antropológica.

Deconstruir el orden social se logra, según la tesis gramsciana, inoculando primeramente en la opinión pública el concepto de «género», el cual pretende establecer que las personas no se identifican por su sexo masculino o femenino, sino por la libre «opción» que se adopte para «autoconstruirse» sexualmente mediante una «preferencia» que incluso puede ser contraria al propio sexo.

Y es que para Gramsci todo es creación histórica «construcción cultural» y no naturaleza. Por ello, los homosexualistas y las feministas de género promueven la idea de que el ser humano nace sexualmente neutral, y que luego es construido socialmente en hombre o mujer. (¿será esto cierto? Porque por más que ciertos hombres quieran parir un hijo no lo logran)

Siguiendo esa concepción, los expertos de la ONU se propusieron impregnar dicha idea en la educación y en los medios de comunicación, para que los niños y jóvenes puedan crecer sin que se les impongan «estereotipos» culturales «sexo-específicos».

El nuevo paradigma consiste en emanciparse de todo condicionamiento. La verdad ha muerto y la tarea es recrear una nueva sociedad después de fragmentar la anterior. Es, sin duda, la mayor conmoción cultural que ha habido en la historia.

Después de construir el arquetipo viene la deconstrucción, afirmando que el concepto de «género» implica clase, y que la clase presupone desigualdad. La meta es llegar a una sociedad sin clases (en este caso, de sexos) objetivo que coincide con los fines de la revolución marxista.

Y además tiene el mismo obstáculo a combatir: el lenguaje, es decir, los conceptos universalmente aceptados, los cuales presuponen los conceptos biológicos y de naturaleza. La gente debe convencerse de que sus percepciones son meras construcciones sociales y culturales.

Influenciados por estas corrientes filosóficas materialistas y postmodernas, los creadores de la ideología de género son los siguientes:

Wilhelm Reich, seguidor de Marx y Engels pero sobre todo discípulo de Freud. Fue favorable a la revolución sexual y a la tarea de facilitar el divorcio y destruir la familia por ser parte del «capitalismo represor» del que deriva el «mito de la sexualidad procreadora».

Alfred Kinsey: Recopiló su pensamiento en su obra «El comportamiento sexual en el hombre». En dicho estudio cometió un gran fraude con las estadísticas a fin de demostrar que la mayoría de las personas padece una perversión sexual: el 37% de los hombres tuvieron relaciones homosexuales en la adolescencia, 18% mantuvieron relaciones homosexuales por al menos tres años entre las edades de 16 a 55 años, etc.

Lo que Kinsey nunca dijo es que esas entrevistas y estudios las hizo entre la población carcelaria, por lo que no son representativos de la sociedad. Con todo y esa falsedad, los ideólogos de género siguen citando la «Escala de Kinsey» como algo científico. Kinsey practicó el sadomasoquismo y la pedofilia.

A partir de la Escuela de Frankfurt, la homosexualidad deja de de ser una desviación grave, y lo patológico son ahora las culturas «hetero-patriarcales». Esto influyó después en la decisión de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA) de desclasificar la homosexualidad como un padecimiento psicológico. (o sea la base científica para que el homosexualismo no sea una enfermedad fue el fraude de Kinsey).

Georges Bataille, admirador del Marqués de Sade, partidario del satanismo orgiástico, propagó las bondades de los rituales de sacrificios humanos. Creó la sociedad secreta «Acephale» para llevar a cabo inmolaciones y decapitaciones.

Es el teórico del «erotismo narcisista» basado en la consideración de que «el hombre soberano es un asesino en potencia», por lo que el sadismo sexual es la consecuencia más depurada de la sexualidad. De Bataille, los ideólogos de género toman la idea del placer equivalente a transgresión.

Michel Foucault, uno de los más reputados ideólogos de género, seguidor también de Nietzsche y Sade, homosexual obseso, también miembro del partido comunista. Fue iniciado en los Estados Unidos en el sadomasoquismo homosexual y en el consumo masivo de drogas de todo tipo. Intentó varios tipos de suicidio y nutrió un intenso odio por su propio cuerpo que le llevaba a despellejarse con una cuchilla de afeitar. (puras finísimas personas están detrás de esta ideología).

Amelia Valcarcel, quien tematizó el código moral como el «derecho al mal» de las mujeres: éstas deben reivindicarse contra los valores patriarcales y abandonar la dulzura femenina para adoptar su derecho al mal.

Margaret Mead, bisexual, antropóloga, creadora del fraude de Samoa, la idílica isla virgen en la que el sexo se disfrutaba libremente sin las constricciones de la cultura cristiana. En realidad, un gran fraude, pues se trataba sólo de una mistificación, siendo Samoa una sociedad completamente represiva.

Shulamith Fireston, autora de «La dinámica del sexo», texto básico del feminismo. Fireston hizo de la supresión de la familia su objetivo prioritario. Para ella, la maternidad representa la «opresión radical» que sufre la mujer debido a la «servidumbre reproductiva determinada por la biología» misma que es necesario suprimir.

Como el esquema de la ideología de género es netamente marxista, no hay un sólo defensor o defensora de la doctrina de «género» que no pase por «pacifista», por «víctima» o por «defensor/a» de quienes son víctimas de ataques y discriminaciones por parte de la sociedad. La agenda de la lucha no parece violenta, pero en los hechos violenta las conciencias al imponer el interés de una minoría, lo cual es mucho peor.

El sentido originario de la palabra «discriminar» (distinguir, separar) fue sustituido por uno peyorativo, el de dar trato de inferioridad a ciertos miembros de la sociedad por motivos raciales, religiosos, políticos, sexuales, etc.

Por ello, el criterio de «no discriminación» dejó de ser objetivo. La existencia de cualquier jerarquía es considerada como arbitraria y albergando el intento de disminuir a otros. Con ello renace la idea socialista según la cual toda diferencia hace sufrir al inferior (aunque éste sea tratado dignamente). Para evitar tal sufrimiento, habría que suprimir toda desigualdad y homogeneizar a la sociedad.

Así manipulada, la «discriminación» es la distinción o diferencia de trato ilegítima: ilegítima por arbitraria, y prohibida por ilegítima. El concepto marxista clásico de «explotado» es sustituido por el de «excluido», suponiendo que existen rivalidades sociales por motivo sexual.

Entre las «víctimas» de la discriminación están quienes son excluidos por practicar estilos de vida «alternativos»: drogadictos, travestis, homosexuales, prostitutas, lesbianas, etc., a quienes entonces se procura promover para que no sean «discriminados».

El criterio de «no discriminación», que favorece a esos «grupos minoritarios» para compensar la desventaja de ser «víctimas», los convierte en una clase privilegiada. Pero no en razón de sus méritos, derechos, cualidades o roles en la sociedad, sino por causa de sus desviaciones morales.

De esta forma, la «no discriminación» los acaba transformando, bajo el nuevo principio de «tolerancia», en agentes de degradación dentro de la sociedad. No por ellos, sino por la corriente ideológica radical que los manipula.

El principal campo de batalla está en la lingüística, intentando alterar el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, hasta cambiar los valores, modificar el pensamiento y crear una nueva «cultura».

De allí los términos, por ejemplo, de «interrupción del embarazo» (en vez de aborto), «salud sexual y reproductiva» (en vez de anticoncepción), «pareja» o «compañero/a» (en vez de concubina/o), píldora «de emergencia» (en vez de abortiva), «preferencia sexual» (en vez de desviación), «preembrión» (en vez de feto), «género» (en vez de sexo), y otros más.

El denominador común es que todos esos términos llevan a la confusión y al error a grandes masas de personas que dejan de llamar a las cosas por su nombre sin la más mínima capacidad crítica. El objetivo es deconstruir el lenguaje, para después poder deconstruir la familia, la educación, la cultura y la sociedad en su conjunto, facilitando la imposición del nuevo orden mundial anticristiano y ateo.

Lamentablemente, la mayoría de los comunicadores no son conscientes del ataque lingüístico e ideológico al que están sometidos, e irracionalmente repiten muchos de los conceptos de la ideología de género y de la nueva ética mundial, a pesar de que esos conceptos son adversos a la cultura e idiosincrasia de la mayoría de la población, y sin calibrar el daño que ocasionan.

La revolución cultural a que nos referimos encontró su equilibrio en la postmodernidad. La postmodernidad desestabiliza y deconstruye a la misma modernidad, la síntesis cultural que había prevalecido en Occidente desde los tratados de Westfalia (1648).

La postmodernidad implica una desestabilización de nuestra percepción racional y sobrenatural de la realidad, de la estructura antropológica que dio Dios al hombre y a la mujer, del orden del universo tal y como fue establecido por el Creador.

El principio básico de la postmodernidad es que toda realidad es una construcción social, que la realidad no tiene un contenido estable, que no existe la verdad objetiva. Por tanto, la misma existencia del Creador puede ser puesta en discusión.

La realidad viene a ser una construcción que se puede interpretar. No hay una verdad objetiva y no hay reglas para la interpretación de la realidad, todas las interpretaciones son igualmente válidas. Es la dictadura del relativismo: si no hay nada «dado», entonces las normas y estructuras sociales, políticas, jurídicas y espirituales pueden ser deconstruidas y reconstruidas a voluntad, según las transformaciones sociales del momento.

La postmodernidad exalta la soberanía arbitraria del individuo y su derecho a elegir lo que desee. La nueva ética mundial postmoderna y la ideología de género celebran las diferencias, la «pluralidad» de opciones, la multiplicidad y libertad cultural, la diversidad sexual con todo tipo de «orientaciones».

Es la «liberación» del hombre de las condiciones de existencia establecidas por Dios, es la posición de rebeldía radical respecto a lo dado por el Creador. Es la adoración del hombre, quien ha venido a convertirse en el centro del universo.

El radicalismo postmoderno estipula que el individuo, para ejercer su derecho a elegir, debe liberarse de todo marco normativo, ya sea semántico (definiciones claras), ontológico (el orden del ser, lo dado), político (la soberanía nacional), moral (normas trascendentes), social (tabúes, lo que está prohibido), cultural (tradiciones) o religioso (dogma, tradición y doctrina de la Iglesia.

La postmodernidad reclama el derecho a ejercer la libertad personal contra las leyes de la naturaleza, contra las tradiciones y contra la revelación divina. Fundamenta el imperio de la nueva «ley» y la democracia sobre el derecho a elegir, en el que incluye, en nombre de la nueva ética, el derecho a tomar decisiones intrínsecamente malas:

Como el aborto, la homosexualidad, el «amor libre», el suicidio asistido, el rechazo de cualquier forma de autoridad legítima o jerarquía, la «tolerancia» obligatoria de todas las opiniones, en general un espíritu de desobediencia que se manifiesta de múltiples maneras.

El derecho a elegir interpretado de este modo se ha convertido en la norma fundamental que rige la interpretación de todos los derechos humanos, y es la referencia principal de la nueva ética mundial. Suplanta y «trasciende» el concepto tradicional de universalidad. Se posiciona en un meta-nivel. Se impone y reclama para sí mismo una autoridad normativa mundial.

La deconstrucción del ser humano como hombre y mujer lleva a una sociedad asexual, a una sociedad neutra, sin masculinidad ni feminidad, que sin embargo coloca la libido en el centro de la ley. El proceso de deconstrucción preconiza una sociedad sin amor.

El concepto de género es el caballo de Troya de la revolución feminista occidental en sus aspectos más radicales, una revolución que se logró extender exitosamente a las cinco partes del mundo. La perspectiva de género está en pleno centro de las prioridades de desarrollo global, y en particular de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU.

Existe una conexión directa entre el deconstruccionismo de género y la ideología de «orientación sexual» (bisexualidad, homosexualidad, lesbianismo, heterosexualidad). La ética mundial posiciona todas estas «opciones» en el mismo nivel. La Conferencia del Cairo impuso el concepto de familia bajo todas sus formas: este concepto supuestamente holístico incluye no solo a la familia tradicional, sino también a las «familias» con «padres» del mismo sexo.

En la postmodernidad, el individuo se convierte en el creador «libre» de su propio destino y de un nuevo orden social. Puede elegir ser homosexual hoy y ser bisexual mañana. Los niños pueden elegir su propia opinión, independientemente de los valores que reciban de los padres («derechos del niño»).

Las mujeres desempeñan roles sociales tradicionalmente de hombres (igualdad de géneros, sociedad unisex). Las ONGs determinan políticas mundiales, y los gobiernos se conforman a esos valores.

Laicos y ministros católicos junto con Francisco, promueven la «nueva» Iglesia, (nacida del Vaticano II), introduciendo la idea de democracia (contra el esquema monárquico fundacional), de cogobierno (obispos con y al mismo nivel del Papa), y de permitir la contracepción, el sacerdocio de la mujer y la homosexualidad tolerada.

Incluso se da el absurdo contradictorio de grupos organizados como «Católicas por el Derecho a Decidir» que se pronuncian a favor del aborto, a pesar de que es totalmente condenado por la Iglesia y su promoción misma implica la excomunión latae sententiae (automática, sin necesidad de declaración).

También la promoción del aborto («maternidad segura») demuestra el radicalismo ideológico de la nueva ética mundial, al decretar que el embrión no es persona humana, ignorando los avances bioéticos de la Academia Alemana de las Ciencias, o de la Australiana, o de la Española, o la Francesa sobre el embrión humano.

En dichas Academias el meollo del debate ya no consiste, desde hace mucho tiempo, en la identificación de indicios tempranos o tardíos de «humanidad», sino en el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales, particularmente del derecho a la vida y a la integridad física, desde el primer instante de la existencia, el cual debe ser respetado en virtud del principio de igualdad.

De esos avances científicos han surgido leyes, en varios países, que protegen el embrión, como ser humano indefenso, desde el primer instante de su existencia.

Pero al introducir el concepto de «género» en los organismos internacionales fue un paso importante en el proceso de deconstrucción, pues sutilmente fueron eclipsando el carácter biológico de los dos sexos, masculino y femenino, abriendo la puerta a la aceptación de la más variada actividad sexual desordenada: homosexual, lesbiana, bisexual, transexual, etc., etc.

El proyecto de la UNESCO, por ejemplo, incluye la promoción de la homosexualidad entre los adolescentes y jóvenes, a través de la ideología de género, la libertad de «preferencia» sexual y el principio de «no discriminación».

Los principios de la nueva ética están por encima de la tutoría de los padres de familia, sobre todo cuando se ha legislado a favor de las «preferencias» sexuales y la «no discriminación», por lo cual en varios países se sanciona cada vez con más rigor a padres que educan a sus hijos en los principios morales clásicos, incluso limitando penalmente su ejercicio de tutela.

Esta es una muestra de la intolerancia y de la tiranía de la nueva ética mundial respecto a quienes no están en la línea del pensamiento único imperante.

Para forzar la aplicación de los programas abortistas utilizan la coerción económica de los organismos internacionales, sobre todo contra los países en vías de desarrollo.

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Todas las cumbres de la ONU y las legislaciones impuestas a las naciones han sido enfocadas a una reingeniería social. Las sociedades humanas han quedado desarmadas para ninguna defensa. Se ha tratado de imponer a todo el mundo un nuevo sistema de valores contra el cristianismo, de forma que éste se pueda erradicar por vía legal. Así es como se han abierto las puertas a un totalitarismo mucho más amenazante que ninguno anterior.

La amenaza que se cierne es la supresión de la libertad de expresión, como sucedió en Buenos Aires cuando se aprobó el aborto y el matrimonio homosexual: toda opinión que vaya en contra de la ideología de género será considerada delito.

¿Se puede llamar tolerancia al uso de «todos los recursos coercitivos? Si algo caracteriza a la ideología de género es precisamente su intolerancia. Tratan de dinamitar la sociedad, pero la mayoría debe permanecer callada.

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Pero demostraron su ignorancia respecto a la moderna discusión que existe sobre el tema de la así dicha «preferencia» sexual, desde la óptica psicológica, genética, o de implicaciones legales o sociales.

En el aspecto genético, el debate científico actual es acerca de los derechos del embrión, considerando a éste como nuevo ser humano, independiente desde que el óvulo fecundado posee su código cromosómico completo, momento en que ya se pueden definir cerca de 1,500 características desde el color del pelo, los ojos, el carácter, y, desde luego, el sexo. Este último es una definición que es dada por nacimiento. No se «escoge» ser hombre, o ser mujer. Se nace uno u otro.

Peor aún cuando uno acude a cualquier enciclopedia para ver lo que son las «preferencias sexuales». Allí aparece: heterosexualidad, homosexualidad, transexualidad, zoofilia, pederastia, onanismo, fetichismo, vouyerismo, sadismo, masoquismo. »

Por otra parte, al hablar de «preferencia» homosexual y no de padecimiento o desviación psicológica se comete una injusticia con esas personas, pues se les oculta la posibilidad de acceder a una terapia para su curación.

Adicionalmente, se abre un peligro serio para los padres de familia, ya que no podrán impugnar ahora planes de educación o libros de texto, que muestran la homosexualidad como una posibilidad que sus hijos pueden elegir.

Esto está sucediendo ya en programas para niños de Kinder y primaria. Los padres ven limitado su derecho a educar a sus hijos según sus principios debido a que las «preferencias» ya son un «derecho constitucional».

La aberración, por ejemplo, de equiparar matrimonio con homosexualidad es posible únicamente porque el deterioro de la razón de los legisladores les lleva a perder de vista que el derecho positivo existe para salvaguardar el derecho natural. De esta forma, si el legislador observaba que la persona humana requiere de comer, establecía que todos tenemos derecho a ser alimentados.

Igualmente, el legislador, a lo largo de miles de años y en todas las culturas, observando que el matrimonio es una institución natural que se construye mediante el amor complementario y fecundo entre un hombre y una mujer, y es lo que construye la sociedad, estableció que es necesario preservar esa institución natural dentro del derecho positivo. Tanto así que en el derecho de todos los pueblos quedó así establecido.

La palabra «matrimonium» es mucho anterior a Cristo y a la Iglesia, viene del derecho romano que estableció esa institución para que la mujer pudiera tener hijos dentro de la legalidad, por lo que incluso etimológicamente es un monumental contrasentido relacionar «matrimonio» con «homosexualidad».

La palabra misma en latín, de matrem (madre) y de munus (calidad), implica los derechos propios de la mujer y de la madre dentro de la unión con un hombre, mientras que el «patrimonio», formado de pater (padre) y el sufijo munus, refleja los bienes y derechos adquiridos por herencia.

El que un legislador ignorante pretenda establecer que a partir de ahora dos personas del mismo sexo podrán constituir un «matri-monium» implica, en el campo de la lógica, lo que se llama un «absurdo en términos» y, en el campo del derecho, una total aberración jurídica por la que cualquiera sería reprobado en la carrera de derecho en una universidad. La ignorancia de los legisladores llega a ser realmente monumental.

El 15 de julio de 2016, el más importante tribunal mundial de Derechos Humanos, el Tribunal de Estrasburgo, aprobó en el pleno, por unanimidad de los 47 países que conforman el Consejo de Europa, que «no existe en absoluto un derecho al matrimonio homosexual».

El Tribunal sentenció que la noción de familia no sólo contempla «el concepto tradicional del matrimonio, a saber, la unión de un hombre y una mujer» sino que no se debe imponer a los gobiernos la «obligación de abrir el matrimonio a las personas del mismo sexo».

En cuanto al principio de discriminación, el Tribunal añadió que no hay tal discriminación dado que «los Estados son libres de reservar el matrimonio únicamente a parejas heterosexuales».

Pero el engaño y la manipulación afecta en primer término a los interesados, pues el derecho positivo no puede anular el derecho natural, por el simple hecho de que las leyes no pueden cambiar la naturaleza humana. Equivaldría a aprobar una ley estableciendo que ahora los hombres van a parir hijos, ya no las mujeres, porque así lo establece la ley.

Por último concluyamos que. Al igual que los sistemas ideológicos del pasado, la ideología de género terminará derrumbándose: al estar repleta de contradicciones, simple y sencillamente es insostenible.

Se requiere de un esfuerzo de autocrítica y desprogramación sistemática para revisar con atención nuestro propio lenguaje, refutando y desmintiendo los conceptos de la nueva ética mundial y retomando con valor y certeza los de la doctrina cristiana.

Este es uno de los mayores retos de la cristiandad, pero uno del que es preciso caer en la cuenta conscientemente y con estudio dedicado.

En los primeros siglos, la oposición al cristianismo era externa, los mártires derramaron su sangre por Jesucristo ante las torturas y suplicios.

Hoy día, la persecución es ideológica, sutil, silenciosa, por lo que es más fácil sucumbir sin darnos cuenta. La sangre no se derrama físicamente, sino mediante el martirio interior cotidiano en el esfuerzo por no asimilar el lenguaje «moderno» y «de género», y por no dejarnos contaminar por los criterios, principios y antivalores de la nueva ética mundial.

Sólo hay una ética que subsiste la prueba de los siglos y de las culturas, la ética integral cristiana. Ella subsistirá cuando desaparezca y pase a la historia la deconstrucción ideológica de la falsa nueva era. «El Cielo y la Tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» prometió Jesús.

 

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