El desorbitado precio de la vainilla pasa factura a Madagascar

AFP

En la única carretera asfaltada del pequeño municipio rural de Ampanefena, en Madagascar, unos adolescentes hacen acrobacias con sus lujosas motos japonesas compradas gracias a la subida astronómica del precio de la vainilla.

La moto “costó 200 millones de francos malgaches” (12.000 euros), presume Akman Mat-hon, de 17 años, subido a una Kawazaki demasiado grande para él. Se la regaló hace más de un año su padre, quien se dedica al negocio de la vainilla.

El precio de la vainilla se dispara en el país debido a una especulación desenfrenada y a la caída de la producción tras el paso del ciclón Enawo. Una riqueza repentina que amenaza a un sector confrontado ya de por sí a la criminalidad y a una merma de la calidad.

El negocio es jugoso: desde 2015 el precio de esta especia no para de subir. Llegó a “un punto máximo nunca visto, entre 600 y 750 dólares el kilo”, según Georges Geeraerts, presidente de la Agrupación de exportadores de vainilla de Madagascar.

Esta isla pobre suministra el 80% de la producción mundial de vainilla, un producto cuyo mercado fue liberalizado en 1989.

Desde entonces el precio es una montaña rusa. Un kilo valía 400 dólares en 2003, y apenas 30 dólares en 2005, el más bajo y en torno al cual se ha movido a lo largo de diez años.

Pero una demanda superior a la oferta (1.800 toneladas anuales), el interés por los productos ecológicos, el ciclón Enawo que destruyó en marzo parte de la producción y una especulación descontrolada dispararon los precios.

Los efectos no se hicieron esperar: motos, smartphones, paneles solares, grupos electrógenos, pantallas planas y sofás último grito llenan los mercados de la región de Sava, que disfruta de un microclima y una naturaleza exuberante, pero donde sólo el 21% de la población tiene acceso al agua potable y sólo seis de los 86 municipios cuentan con suministro eléctrico.

“Los bancos tienen problemas para seguir el ritmo”, explica un exportador francés que quiere mantenerse en el anonimato.

“El dinero ya no tiene valor, la gente se cree que todo está permitido, se está convirtiendo en una anarquía”, lamenta un cultivador, Vittorio John.

– Inseguridad y mala calidad –

Esta explosión de los precios disparó los crímenes y robos en las plantaciones.

Algunos cultivadores se ven obligados a dormir en sus campos para vigilar las plantaciones y varios sospechosos o culpables de robo fueron linchados, asesinados o encarcelados.

“Hemos pagado a dos gendarmes para garantizar la seguridad de la aldea”, explica Patrick Razafiarivo, un intermediario entre los campesinos y los exportadores que esconde su vainilla debajo del colchón y del sofá.

Las autoridades también reconocen estar saturadas. “La base de todos los problemas es la inseguridad debida a la falta de medios, de efectivos y de rigor de las fuerzas de seguridad”, opina un funcionario de la región, Teddy Seramila.

Este miedo a los robos en las plantaciones obliga también a los cultivadores a cosechar la vainilla antes de tiempo, lo que reduce la tasa de vainillina y por tanto rebaja la calidad.

“La gente comete disparates, envasan al vacío la vainilla que no está estable (con lo que puede acabar estropeándose y ser un nido de virus, ndlr). A los no conocedores se les puede engañar sobre la calidad”, asegura un exportador malgache bajo anonimato.

“No hay nada más parecido a una buena vaina que una mala, no pueden diferenciarlas”, abunda Lucia Ranja Salvetat, otra exportadora.

– Pocas reglas –

El comercio de la vainilla no cuenta con una reglamentación estricta pese a los mercados oficiales.

Cada comprador puede recorrer las aldeas y negociar el precio caso por caso con los campesinos o bien recurrir a intermediarios fuera de control.

“Hace falta una ley aplicable a todos, pero cada quien hace lo que quiere o puede”, explica un exportador que tampoco quiere ser identificado.

Según el intermediario Patrick Razafiarivo, “no es posible tener éxito en esta profesión siendo honrado. Todo el mundo hace chanchullos”.

La vainilla bourbon de Madagascar, resultado de una técnica secular transmitida de generación en generación, es considerada la mejor del mundo.

Pero la subida de los precios y la bajada de la calidad podría espantar a los importadores en beneficio, por ejemplo, de Indonesia o Uganda.

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