UN DÍA EN QUE SE HIZO UNA VERDADERA JUSTICIA

Por: Valentin Medrano Peña.

Los tribunales colegiados en materia penal habían sido dispuesto hacía pocos años con la entrada en vigencia del Código Procesal Penal, y el de la Provincia Santo Domingo ocupaba una pequeña parte del local situado en la cuarta planta de un viejo almacén en desuso convertido en Palacio de Justicia gracias a los esfuerzos llevados a cabo unos años y una gestión de gobierno antes por el Dr. Eddy Olivares, quien resultaría ser el fiscal histórico de la Provincia Santo Domingo.

Al llamado del último caso enrolado de un Viernes sombrío pero caluroso, entró esposado al salón un señor cuarentón de aspecto sabihondo, con el pelo mal cortado y el descuido en una incipiente barba, era de estatura mediana y con una barriga pronunciada, caminaba lento pero seguro, con un aire de inocente que chocaba con la imputación que anunciaba el alguacil de estrados al llamar a la audiencia de drogas por un kilo de cocaína que pesaba en su contra. Desde ese momento nadie a excepción de sus muchos familiares en el interior de la sala, le veía sino como un despreciable narcotraficante.

El juicio dio inició luego de una serie de aplazamientos que fueron enlistados por quien presidía el Tribunal, un juez de apellido Lebrón, tenido como uno temible que acudía siempre al máximo posible de las sanciones, sobre todo en ese tipo de imputaciones.

En el discurrir del proceso habían transcurrido año y medio desde el arresto del ciudadano hasta ese que sería su juicio de fondo.

El fiscal que presentaba la acusación era un joven flacucho de nombre Yorelbin Rivas Ferreras, quien tenía como testigo a un teniente de la Dirección de Drogas que había hecho la requisa, el hallazgo y el arresto.

Luego de la presentación del relato de la acusación que se basaba en el hecho de que mientras transitaba en un vehículo jeepeta azul, al llegar a una esquina donde estaban apostados los agentes de drogas realizando un operativo, al imputado se le hizo la señal de alto que desoyó intentando huir del lugar, siendo impedido por agentes de la DNCD que al revisar el vehículo dieron con el hallazgo de un Kilo de cocaina. Terminado su relato el testigo policial volvió a ocupar un asiento detrás del Fiscal.

El imputado hizo uso de su derecho a hablar y dijo que eso, en referencia a la droga, se lo plantaron, que estaba en su casa en pantalones cortos, que fue sacado de la misma, su casa allanada y el vehículo sacado del parqueo. “Unos argumentos tan infelices como su tono al hablar tan ridículo”, susurró al testigo de la DNCD uno de los presentes apostado detrás del fiscal, “¿a quién le van a plantar un kilo entero de cocaina?” se preguntaba muy en voz baja para no increpar a los familiares del preso que estaban dispuestos cerca del mismo.

Al momento de interrogar al testigo instrumental el fiscal Rivas inició cuestionándole sobre los hechos y este relató exactamente lo mismo que contenía la narrativa de la acusación. El fiscal probó su caso, y estaba presto a pedir una condena de 20 años. Luego de introducir unos documentos, el fiscal dijo haber terminado con la presentación de sus pruebas.

La defensa del acusado había enlistado tres pruebas testimoniales, la primera de las cuales, llamada al estrado a ofertar sus declaraciones, era una señora de unos cincuenta y tantos años con aparente compromiso cristiano que se manifestaba en su vestir y apariencia, quien relató unos hechos totalmente divorciados de los dichos por el testigo de la Dirección de Drogas y la acusación, esta dijo haber estado frente a su casa cuando llegaron los agentes que penetraron la casa del acusado sacándolo de la misma en pantalones cortos y haciéndolo abordar una camioneta que tenía las siglas DNCD en ambos laterales, que uno de los oficiales sacó en reversa la guagua del acusado de la marquesina de la residencia, llevándose a ambos del lugar, dijo además que conocía al acusado como un reconocido prestamista.

Terminadas sus declaraciones el fiscal Yorelbin Rivas giró una mirada a su testigo sentado en una hilera de sillas dispuestas tras el lugar ocupado por este, y el mismo hizo una mueca de incredulidad a lo dicho por la testigo. Medio cerró los ojos, frunció el ceño y alargó los labios empujándolos en un pequeño currículo cerrado hacia adelante, y negando en zigzag con la cabeza de izquierda a derecha que se repetía a forma de tic nervioso por la velocidad impregnada.

A seguidas fue llamado el segundo testigo del acusado, un anciano de unos 80 años, que era ayudado por el alguacil a alcanzar el estrado a causa de su precariedad al caminar, llevaba bastón y sombrero en las manos, era enjuto y de una nariz pronunciada, y su vestimenta reflejaba la época en que fue joven por última vez. Este tomó juramento y habló con claridad sobre los hechos, dijo estar en el parque que se encuentra frente de la casa del acusado en compañía de uno de sus nietos, que vio el aparataje policial y la extracción del acusado de su casa y de su vehículo.

Aunque bien coordinados con lo manifiesto por el acusado, estos testimonios aún lucían insuficientes para impedir la casi segura condena. El fiscal miraba fijamente al juez presiente que ya mostraba cansancio por tan largo día de trabajo y el calor sofocante que hacía en la salita desde hacía cuatro días, cuando el aire acondicionado falló definitivamente, antes unos golpecitos lo hacían trabajar pero su negativa a funcionar había superado los últimos días y muchos golpes.

El fiscal estaba concentrado y sumido en pensamientos internos y no escuchó el llamado que se hacía al último de los testigos. Este era un hombre joven de unos 25 años, muy elegante y de aparente formación profesional, que entró al escenario judicial con un pequeño cojeo de una pierna y quién rápidamente asintió al juramento hecho por el presidente del tribunal, e inició, a preguntas del abogado defensor, a relatar los acontecimientos, coincidiendo en lo absoluto con los anteriores testigos, pero dijo haber grabado los hechos con su aparato celular, se pidió la exhibición de lo grabado que fue aceptado por los jueces, y en vídeo se veía exactamente lo dicho por el acusado y sus testigos deponentes.

Al concluir el video el fiscal Yorelbin Rivas se puso de pie con una clara expresión de indignación y elevó su voz con firmeza diciendo primero al tribunal y luego a los presentes, “el Ministerio Público de la Provincia Santo Domingo no ha probado su acusación, muy por el contrario, la defensa técnica ha probado la Inocencia de ese ciudadano, el Ministerio Público no es una asociación de malhechores, si no muy por el contrario, es el encargado de velar por la justa aplicación de la ley y en objetividad dar a cada quien lo que le corresponde, por ello procedemos a retirar la acusación que pende sobre ese ciudadano, le pedimos perdón por lo que ha sufrido a él y a los familiares y testigos que vieron diezmada la imagen de nuestro órgano por un malsano proceder, y procedemos a ordenar a los policías judiciales que arresten de inmediato al testigo falaz que ha cometido perjurio para ser procesado en lo inmediato. Usted señor sepa”, en tanto decía esto señalaba suavemente al acusado, y en esta ocasión su tono descendió a uno dulce y apesadumbrado, “que el Ministerio Público tiene la obligación de hacerle justicia, no de abusar de sus derechos y le reiteramos nuestro pedido de perdón como cuerpo y estaremos instruyendo para que en el mismo día de hoy, venciendo la burocracia tradicional, usted pueda recobrar su libertad”.

La familia del acusado veía resurgir sus esperanzas, sus iniciales expectativas negativas de la justicia se trocaban por una renovada fe en el sistema, y todo esto se manifestaba en un copioso llanto colectivo, la madre del acusado, una señora anciana que nunca había dejado de rezar en su estadía en la sala, quiso abrazar al fiscal, pero este siquiera se enteró, pues mientras esto ocurría a sus espaldas, este instruía a los custodias de la carcel de La Victoria que no volvieran a poner las esposas al inocente.

El hombre acusado salía sin esposas de la sala de audiencia poco después de que el presidente del tribunal acogiera las conclusiones del fiscal Rivas, y unos pocos pasos atrás salía esposado el testigo mentiroso.

Al verlos salir el alguacil usualmente parsimonioso, en un júbilo infrecuente, decía, “hoy es un día en que se hizo una verdadera justicia”.

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